Breves notas sobre urbanismo y vivienda
es un texto del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente fechado el 21 de marzo de 2001.
BREVES NOTAS SOBRE URBANISMO Y VIVIENDA
1.- Cualquier reflexión sobre el urbanismo y la vivienda nos lleva, antes que nada, al problema del poder, y sobre todo al problema de la producción social de espacio como sitio en el que se produce el excedente colectivo. Esta cuestión previa es esencial porque determina al resto de reflexiones pues, por lo general, la inmensa mayoría de éstas sólo se limitan a entender el urbanismo como un problema de ordenación o reordenación de la ciudad o del pueblo cuando cada equis años hay que derribar algunas barriadas viejas y construir otras nuevas, o cuando hay que ampliar el espacio urbano a nuevas zonas antes no urbanizadas, o cuando hay que dar cabida a nuevas carreteras o trenes, o a nuevas instalaciones industriales o de servicios que requieren grandes espacios públicos o privados.
Desde esta perspectiva dominante, oficial en la concepción burguesa del espacio y del urbanismo, y sobre todo en la práctica del capitalismo con respecto a la geografía, visión profundamente introducida en la izquierda e incluso en la abertzale, se entiende que la planificación urbanística y la solución del problema de la vivienda concierne fundamentalmente al ayuntamiento o institución afectada y, en segundo lugar por cuanto la conexión de ese urbanismo local con las redes de comunicaciones exteriores, a otras instituciones superiores, las de la Diputación, el gobierno o incluso el Estado. El problema de la financiación queda abstraído, por lo general, de las reflexiones críticas con respecto al espacio y a la geografía, y mucho más al poder, y reducido al engorroso trámite de las subvenciones, ayudas y préstamos blandos. Después, a otro nivel, queda el problema de las infraestructuras de todo tipo, servicios asistenciales, educativos, sociales, de transporte de esa nueva zona urbana con el resto del barrio, pueblo o ciudad, y otros asuntos similares.
Hay que reconocer que la izquierda abertzale ha dado un paso muy importante al plantear el problema crucial de los efectos de la red viaria en la desestructuración de Euskal Herria y de la urgencia de desarrollar un modelo alternativo de red viaria reestructurador de Euskal Herria desde una perspectiva endógena y autocentrada. Este avance teórico-crítico ha demostrado que toda red viaria conecta espacios concretos y condiciona el futuro de otros espacios, aislándolos y marginándolos o integrándolos en ejes y flujos expansivos; también condiciona por ello mismo la vida de las comarcas afectadas, su desarrollo sociocultural, etc., durante bastante tiempo. No podemos olvidar tampoco que estas repercusiones afectan tarde o temprano a la simbología y vivencia referencial futura del espacio resultante, y sobre todo, a los cambios en la identidad colectiva que siempre mantiene lazos con la materialidad física del espacio geográfico históricamente habitado. Sin embargo, estas reflexiones tan valiosas no han superado el marco específico de las redes viarias --y no de todas-- y apenas han entrado a guiar la práctica en la planificación urbanística en barrios, pueblos y ciudades, y menos aún, en las conurbaciones que ya están conectadas en grandes áreas de Euskal Herria.
2.- Otro tanto podemos decir con el problema de la vivienda que, aunque está muy relacionado con el del urbanismo, tiene empero su especificidad propia porque afecta a la cotidianeidad más personal y a los mecanismos básicos de explotación de género y de reproducción de la fuerza de trabajo social. Si por lo general el urbanismo está abandonado por la izquierda y dejado en manos del capital, con el problema de la vivienda este abandonismo es escandaloso y generador de efectos terribles en la calidad de vida de la mayoría de la población. Si bien es cierto que desde hace tiempo algunas izquierdas hicieron críticas radicales de lo que supone el "problema de la vivienda", lo cierto es que esas críticas eran y son siempre olvidadas en la práctica administrativa en los ayuntamientos y otras instituciones. Solamente cuando la crítica feminista ha empezado de nuevo, aunque con criterios más profundos, a cuestionar desde la raíz misma todo lo que supone el espacio material y simbólico de la vivienda, sólo desde ahora algunas izquierda comienzan de nuevo sus denuncias.
Desde la visión oficial de la vivienda, ésta es el espacio privado en el que la llamada "unidad básica de la sociedad", la familia, desarrolla todas sus tareas y funciones. Según esto, la vivienda ha de reunir las condiciones necesarias para que esa "unidad elemental" pueda ejercer sus tareas, y cuando los cambios sociales afectan a la forma tradicional de la familia, entonces, la vivienda ha de adaptarse a esos cambios. Se trata, siempre dentro de la visión oficial, de un proceso en el que las instituciones públicas, políticas, etc., no deben intervenir más que en las cuestiones que afectan a la infraestructura material básica de servicios asistenciales mínimos, exigencias legales de calidad en la construcción, etc. Así, cuando la gran familia con muchos hijos, incluso con tres generaciones --abuelos, padres e hijos-- fue dejando paso a la familia media, las viviendas se adaptaron a esos cambios, y cuando ahora aumentan las familias monoparentales, las viviendas también lo hacen, y cuando aumentan las mujeres que también trabajan fuera de casa ésta se debe adaptar a las nuevas condiciones, etc. Sin embargo, esos cambios apenas son guiados por las instituciones sino dejados "en manos del mercado" y de sus especialistas, es decir, en manos de las industrias que intervienen en el amplio mercado de la vivienda, que va desde la construcción de la casa hasta los electrodomésticos y ajuar interior pasando por su financiación y pago a plazos.
Como veremos más adelante, el problema de la vivienda afecta al corazón mismo de la reproducción del poder en todos sus sentidos, especialmente en sus raíces irracionales e inconscientes, en la base misma de la estructura psíquica de masas. Por eso, incomunicar totalmente el problema de la construcción de viviendas del problema de la construcción del poder en su forma más perversa y efectiva --en la invisibilidad del domicilio patriarcal-- es un error estratégico para cualquier modelo siquiera democrático y progresista. Significativa y peligrosamente, en Euskal Herria apenas existen prácticas alternativas en este decisivo problema.
3.- Pero además, tanto el urbanismo como la vivienda tienen repercusiones enormes no sólo en lo anterior, sino también en la economía y muy especialmente en la economía sumergida, especulativa, en el globo financiero que tiene en la construcción uno de sus mayores cotos privados de impunidad absoluta o al menos, de mucha impunidad. Este no es una práctica accesoria y reciente en el capitalismo, efecto, según se nos dice, de la famosa globalización, sino una constante que se remite a varios siglos de antigüedad y que es básica para entender muchas dinámicas en la evolución de los capitales. Es cierto que los cambios habidos desde comienzos de la década de 1980 han exacerbado esa característica, y que la especulación inmobiliaria abarca mucho más que la simple construcción de viviendas para extenderse a las grandes superficies de servicios, oficinas de todo tipo, nuevas industrias, hipermercados, etc., así como a las grandes extensiones que exigen las nuevas redes de transporte. Todo esto es cierto, pero no lo es menos que, a su vez, este intrincando mundo apenas accesible a la propia vigilancia contable y fiscal burguesa es, por ello mismo, uno de los lugares óptimos para el blanqueo de ingentes masas de capitales procedentes de la economía criminal, sumergida y alegal.
Queremos decir que cualquier alternativa progresista y democrática, no ya revolucionaria, que quiera solucionar partes y áreas de esta problemática tan enorme e intrincada, termina más temprano que tarde chocando frontalmente con una de las fracciones más brutales de la burguesía, la que obtiene el grueso de sus beneficios del universo insondable de la economía alegal e ilegal. Este problema es de una gravedad e importancia considerable porque una cosa es luchar contra pequeños constructores de viviendas baratas, y otra es plantearse una intervención democrática y controladora de las grandes constructoras de toda clase de obras e infraestructuras, y sus estrechas alianzas con el capital financiero y especulativo. Pero incluso la lucha contra los pequeños constructores es problemática porque tienen relaciones estrechas con las burocracias administrativas y municipales en muchos pueblos y ciudades, y porque, además, cuidan mucho sus contactos con los partidos a los que ayudan de un modo u otro, todo lo cual dificulta que estos, y que los alcaldes y concejales corruptos o sin conciencia democrática, les presionen y controlen democráticamente.
4.- Visto lo anterior, podemos profundizar en la cuestión clave, estructurante de las demás, de las relaciones entre el urbanismo y el espacio. Lo primero que hay que tener en cuenta es que el espacio que hoy existe no es en modo alguno "espacio natural" en el sentido de "espacio no humanizado". Al contrario, es enteramente "espacio social", es decir, "espacio humanizado", creado por la evolución social desde hace siglos, que lo ha modelado y construido de una forma precisa. Desde luego que la orografía, la costa marítima, los desiertos si los hay, las montañas y cordilleras, los ríos y grandes lagos, la propia composición geológica del suelo, etc., condicionan la construcción humana del "espacio social", pero no es menos cierto que, de un lado, el desarrollo tecnocientífico y de las fuerzas productivas va superando esos límites y, de otro lado, la expansión humana termina por afectar prácticamente a la totalidad de la geografía.
Lo segundo que hay que decir es que la construcción humana del espacio socializado no es neutral y aséptica, sino que ha sido realizada en función de las necesidades de los sucesivos modos de producción que se han dado en esa geografía. Cada modo de producción tiene su forma específica de construir un espacio adecuado a sus necesidades de producción del excedente y de reproducción del mismo modo de producción. Sin retroceder mucho en el tiempo, es innegable que la economía pastoril nómada y la agricultura itinerante necesitan de un espacio propio y diferente al que necesita la agricultura sedentaria y la ganadería estabulada; del mismo modo que el modo esclavista de producción, con sus grandes campos arados por esclavos no necesitaba el mismo espacio que el de los pequeños huertos del alto medievo. Podemos seguir con las comparaciones hasta llegar a los cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo dentro mismo del actual espacio capitalista. Y este ejemplo último nos permite comprender que no hace falta que un modo de producción sea superado por otro para que cambien los espacios, sino que, sobre todo tras la primera revolución industrial, dentro mismo del capitalismo esos cambios son reales. Ahora bien, cambios cualitativos sólo se producen cuando han cambiado los modos de producción cualitativamente diferentes. Más aún, incluso cuando se ha impuesto uno de ellos, por ejemplo el capitalista, todavía quedaban amplias zonas geográficas que seguían con espacios heredados de la forma medieval y feudal, fenómeno que sólo fue superado con la industrialización agraria.
Lo tercero es que ningún modo de producción que se base en la apropiación privada de excedente social está libre de la lucha de clases, y de las clases en lucha es precisamente la dominante la que decide cómo ha de ser el espacio construido. O sea, en síntesis, es el poder dominante el que decide desde, por y para sus intereses qué espacio se ha de construir. Cada modo de producción tiene así su forma concreta y consciente --dentro de los límites objetivos-- de estructurar el territorio productivo y, dentro de este, sus diversas instancias reproductivas, desde las brutalmente materiales como todo lo relacionado con la guerra y las vías de desplazamiento de los ejércitos, hasta lo cultural y espiritual con los centros educativos y religiosos, pasando por las medidas para asegurar los recursos energéticos y alimenticios. Una de las prioridades que todas las clases dominantes atienden con mayor cuidado que otras es la de la reproducción de la fuerza de trabajo social, sean mujeres explotadas, esclavos, siervos o trabajadores asalariados pues sin esa reproducción, el sistema entero de poder y de beneficios se iría a pique en muy pocos años. De este modo, la producción de espacio es inseparable de la reproducción del poder mediante la dinámica de explotación de la fuerza de trabajo por la clase dominante.
Lo cuarto es que la dialéctica entre producción de espacio y reproducción del poder es la que explica el problema del urbanismo y de la vivienda. No puede darse el urbanismo fuera de esa dialéctica ya que antes, durante y después de su construcción es ella la determinante estructural del proceso urbanístico. Antes porque, de un lado, los planes y proyectos se están pensando con antelación desde instancias casi siempre inaccesibles al pueblo y porque, de otro lado, lo ya construido influye más o menos en esos planes. Durante porque si hay resistencias y críticas populares sólo pueden darse desde que se conocen los proyectos, lo cual ya ha dado mucha ventaja al poder para superar esas resistencias o negociar pactos, y si no hay resistencias porque entonces el poder puede variar los planes influyendo en la dialéctica entre la producción de espacio y la producción económica. Y después, porque concluida la obra se imponen determinadas líneas de desarrollo que resulta muy difícil destruir por cuanto se conectan a otras ya establecidas o que se están construyendo, de modo que la red resultante tiene su propia lógica.
Lo quinto es que, ya en este nivel, la red creada termina por construir su propia fuerza expansiva y su propia lógica, como hemos dicho, porque es una concentración material y simbólica de los intereses de la clase dominante. Construido el espacio del poder, éste no tiene más remedio que mantenerlo activo, vivo, arreglando sus fallos y ampliando sus ramificaciones a los territorios exteriores que el poder necesita para seguir acumulando o enriqueciéndose. Hay que tener en cuenta que este espacio no es sólo geografía, sino que a la vez es tiempo materializado y concretado, y también son recursos energéticos invertidos en la construcción del espacio-tiempo del que hablamos. Tal síntesis entre espacio, tiempo y energía, afecta desde el mismo instante de su constitución a la cultura existente en ese territorio, ya sea en el sentido humano y liberador del término, o sea la cultura como producción y administración colectivas de valores de uso, o ya sea en su sentido alienado y opresor de cultura dominante como imposición de la dictadura del valor de cambio. Lo que ocurre es que como es la clase dominante la que decide la construcción del espacio, es ella la que impone su cultura alienadora. Es así como se explica que la imposición de un nuevo espacio de dominación se hace muy frecuentemente destruyendo culturas populares anteriores. Estas reflexiones nos llevan a una cuestión que no podemos tocar ahora pero que tiene decisiva importancia cual es la relación entre la ley del mínimo esfuerzo, la ley de la productividad del trabajo y la ley del valor-trabajo dentro del capitalismo.
Lo sexto y último es que esta síntesis entre espacio, tiempo y energía es también inseparable, en el nivel ya alcanzado, de las exigencias que nacen del desenvolvimiento de las tecnologías dominantes. Existe una relación bidireccional entre esas tecnologías y esa síntesis porque, de un lado, las tecnologías dependen de lo alcanzado pero también exigen y necesitan transformar esa síntesis porque las mismas tecnologías, en cuanto instrumentos de la reproducción del poder, llevan en su código interno la necesidad de la acumulación; y porque, de otro lado, ese espacio-tiempo-energía necesita para su expansión de las tecnologías existentes y también de otras nuevas, para las cuales la misma síntesis actúa como impulsora. De esta forma se constituye una síntesis superior que engloba a la tecnología y a la síntesis del espacio con el tiempo y la energía. Este complejo resultante está siempre dentro de la lógica de la reproducción del poder, aunque también sufre las inevitables contradicciones internas efecto de las resistencias de las clases oprimidas.
5.- Lo urbano aparece ya ante nuestros ojos, tras este repaso, como el corazón y el cerebro del espacio del capital. Dicho en otros términos, lo urbano aparece como los hilos de la red, de la malla que forma el espacio de explotación y reproducción ampliada del capitalismo. Y las grandes ciudades son los nudos de esa malla. Las pequeñas ciudades se han integrado en las conurbaciones y, dentro de las ciudades se refleja la misma jerarquía de poder y explotación que existe entre las clases sociales, entre hombres y mujeres y entre Estados ocupantes y naciones ocupadas. Podemos recurrir a la demostración visual para comprender esta red urbana que a su vez en una red de redes, una malla que se sostiene mallas más pequeñas. Si vemos la Tierra desde el espacio exterior apreciamos cómo los grandes Estados capitalistas desarrollados se iluminan de noche con una densa y tupida maraña de aglomeraciones de puntos de luz de diferente intensidad. Las inmensas zonas hiperindustrializadas e hiperurbanizadas se conectan entre sí por zonas menos densas y brillantes pero también iluminadas, y entra estas zonas y otras se aprecian corredores también refulgentes que siguen las sendas de los grandes accidentes geográficos y que están periódicamente punteados por zonas más luminosas que corresponde a las ciudades intermedias. Si miramos luego a los continentes empobrecidos, a Africa, zonas de América del Sur y de Asia, noroeste de Europa y el centro de Australia, etc., vemos muy pocos focos luminosos entre la masa oscura del subdesarrollo.
Si nos acercamos más a la Tierra y nos fijamos en esos grandes focos luminiscentes que son las megaciudades apreciamos una red similar a la que hemos visto a escala planetaria porque dentro de la selva de cemento se distinguen claramente las zonas más luminosas de las menos luminosas. Las primeras son las que la burguesía se ha reservado para sí, y las segundas son las que ha impuesto a las clases trabajadoras. Y apreciamos también con más nitidez los vibrantes y rápidos flujos de lucecitas que como procesionarias del pino conectan a las megaciudades y que son las grandes autopistas por las que circulan torrentes de valor, de mercancías y de trabajo humano materializado. Desde luego que en cada Estado capitalista las formas que adquieren estas mallas dependen de factores propios pues no es lo mismo una red de megaciudades en los EEUU que en Japón, o que en Europa. Son diferencias, de todos modos, secundarias y que reflejan el desarrollo desigual del capitalismo, pero a la vez, existentes regularidades esenciales que recorren a estos Estados y que corresponden al desarrollo combinado del modo de producción capitalista. Estas regularidades esenciales aparecen en los grandes centros aunque varíen algunas de sus manifestaciones exteriores.
Si nos acercamos aún más y observamos con más detenimiento una de esas conurbaciones apreciaremos fácilmente cuales son las características que se repiten en todas las megaciudades. La intensidad de luz nos muestra la intensidad de poder, y sobre todo la intensidad de poder decisorio en lo estratégico, y según la luz se va debilitando constatamos el debilitamiento del poder y el aumento de la explotación. Las mayores concentraciones de luz están siempre en el centro controlador y administrador, en donde radican las oficinas que dirigen las más recientes tecnologías aunque los centros productivos industriales estén en los suburbios o en otras ciudades o incluso en otros continentes. Según como sea la orografía y la historia de la megaciudad, el centro decisorio coincidirá con el centro geográfico o no, pero esto, con el nivel actual de telecomunicaciones, es cada vez menos importante. Lo que sigue siendo fundamental es que el poder se concentra cada vez más en esos centros altamente tecnologizados y permanentemente conectados en tiempo real con otros centros de poder en otros lugares del planeta. Entre ellos circula con toda probabilidad más información cualificada --vital para la reproducción del capitalismo-- que entre ese centro y los suburbios de su misma ciudad. Cada vez más y conforme aumenta la "sociedad del riesgo" el centro está siendo protegido de manera visible por diversas fuerzas represivas públicas y privadas, pero también de manera invisible e imperceptible por la más sofisticada tecnología guiadas por sistemas inteligentes.
En el centro coinciden las grandes arterias de comunicaciones, aunque los suburbios y extrarradios están conectados por vías rápidas para el transporte del ganado humano, de la fuerza de trabajo de sus barrios dormitorios a sus lugares de explotación sin tener que pasar por el centro de poder donde no serían bien vistos. En los centros decisorios, las nuevas tecnologías exigen una fuerza de trabajo cualificada según los requerimientos más recientes, pero cada vez más precarizada y supeditada a una minoría de empleados fijos e incondicionales con "su" empresa. Este precarizado de cualificación media superior a la de los trabajadores industriales y de servicios tradicionales de los extrarradios urbanos, forma parte objetiva de la clase asalariada, de la clase trabajadora moderna, aunque subjetivamente se crea que ya no pertenece a la "clase obrera" tradicional. Semejante ilusión escapista y alienada no es nueva pues está demostrada su existencia entre los primeros trabajadores cualificados en la primera revolución industrial, y desde entonces se ha ido readecuando periódicamente. La forma urbana no es ajena a esa ilusión y muchos barrios se construyen con casas mejores, más caras y algo distantes de los barrios de vieja producción descualificada para dar sensación de multidivisión de los trabajadores y de "extinción del proletariado". De esta forma se crean colchones de amortiguamiento espacial entre la masas asalariada excéntrica, o sea exterior al centro de poder, y este centro. Todo, absolutamente todo, desde la estética hasta los precios, pasando por la calidad media de las construcciones y por el derroche energético, todo muestra esas diferencias de poder y, fundamentalmente, está pensado para hacer que esas diferencias aparezcan como lógicas, naturales e insalvables.
El agudo contraste entre el centro rico y bien atendido, limpio y seguro, y los suburbios asalariados cada vez más abandonados e inseguros por efecto del desmantelamiento de las asistencias públicas, hace que una enorme y creciente masa de población se traslade del exterior al interior para pasear viendo tiendas y para sentirse parte del poder, aunque sea tajantemente falso y objetivamente imposible. La respuesta del centro es común a todas las megaciudades y consiste en aumentar la vigilancia y privatizar zonas enteras para que no pueda entrar el populacho. Con diferencias accesorias, estas medidas ya fueron aplicadas en las viejas ciudades industriales, pero la exigencia capitalista de consumismo compulsivo y la presión alienadora inherente a la explotación capitalista hace que esas masas exteriores aumenten su presión sobre el centro urbano creando tensiones en las que no podemos extendernos ahora, pero entre las que destacan las especiales medidas de seguridad contra las cuadrillas de jóvenes provenientes de los suburbios. Una forma de solucionarlas es la de atender, primero, a las urbanizaciones de la mediana y pequeña-burguesía, y después a las de los trabajadores con salarios más altos que la media social, cargándolas de tiendas, bares, cafeterías, espectáculos, etc., de calidad superior a la de los extrarradios pero inferior a las del centro, que, por sus precios y por los sistemas de exclusión aplicados al urbanismo de lujo, quedan en exclusividad para las clases dominantes.
6.- Conforme nos alejamos del centro y nos acercamos a los barrios semiperiféricos, además de apreciar un descenso progresivo del lujo, sobre todo apreciamos un debilitamiento de los signos de poder y aumento de los signos de explotación. Es así porque todo espacio urbano conlleva signos protocolarios que reflejan su posición en la escala jerárquica de apropiación del excedente. No existe espacio urbano, por pequeño que sea, socialmente neutro, aunque las formas de expresión del nivel social objetivo está frecuentemente oculto por múltiples factores de los que aquí sólo podemos referirnos a, uno, la historia anterior de ese espacio; dos, la composición de clases y de explotación de la fuerza de trabajo dominante en esa área; tres, la lucha global de clases anterior que ha condicionado esas muestras de división social, y cuatro, la propia forma sibilina e indirecta de manifestarse que tienen muchos de estos signos jerárquicos. Los espacios urbanos en los que la opresión nacional está especialmente agudizada no ocultan esa opresión porque desde la lengua y cultura oficial, impuesta y dominante, en las que se expresan los anuncios y la cotidianeidad oficial, hasta la presencia de las fuerzas represivas, o el mismo color de la piel y de la forma de vestir y los hábitos de la gente, lo delatan directamente. La opresión de género está presente en todo el espacio, desde el centro hasta el exterior más lejano porque el patriarcado es en sí mismo anterior a la construcción del espacio capitalista.
De todos modos, aunque esos protocolos de jerarquización y opresión de género, nacional y de clase no fuesen directamente perceptibles, pese a ello, toda la población está ya preparada desde su infancia para descubrirlos e interpretarlos así inmediatamente. Una de las funciones de la construcción por el poder dominante del espacio urbano es la de patentizar en todos sus lugares la existencia objetiva de un orden de explotación. Romper con ese orden, por ejemplo cambiar los nombres oficiales de las calles y de las plazas por nombres populares que reflejan las luchas de las mujeres, nación oprimida y masas trabajadoras, este simple ejemplo, mucho más frecuente de lo que sospechamos, implica represión por el poder ya que éste sabe muy bien el efecto alienante de los protocolos urbanos. Desde que se nace hasta que se muere, el oprimido, la oprimida, está sumergido de un océano de significados urbanos materiales y simbólicos que le recuerdan en todo momento su lugar en la cadena de explotación y su ineluctabilidad. Y aunque al salir del centro y trasladarnos a la semiperiferia y sobre todo a la periferia, muchos de estos signos, sobre todo los visibles, van cambiando para adaptarse a las condiciones de las zonas, no por ello desaparece la presencia simbólica del poder capitalista, sino que simplemente se adapta para ser más efectiva. La misma arquitectura se adapta a las funciones de orden simbólico pues si en el centro es cara y mantiene la continuidad de fondo pese a los cambios de forma con la ostentación de riqueza, lujo y poder, según se aleja del centro pierde esa forma y pasa a mostrar la triste vida de la fuerza de trabajo social que malvive en espacios idénticos, despersonalizados y gregarizados. Esa arquitectura refleja la vida cerrada y sin expectativas de los oprimidos.
El espacio urbano de la clase trabajadora es la expresión sintética de la explotación que sufre y, en mucho menor medida, de los logros que con su lucha social, vecinal, política, cultural, etc., ha ido introduciendo mal que bien en su existencia. Mientras que el espacio burgués no refleja apenas lucha defensiva excepto la presencia de la vigilancia y televigilancia, y del mismo modo que el espacio medio y pequeño-burgués refleja el interés del capital por crear y mantener ese colchón amortiguador y esos reclamos alienadores, concediendo un trato preferencial en comparación al dado a la masa trabajadora descualificada y más precarizada, a diferencia de estos, el espacio obrero a la fuerza refleja de algún modo muestras de luchas sociales porque es el único método que ha tenido y tiene para mejorar su situación. Eso hace que el capital tenga especial interés en suprimir esas muestras de lucha o dejar que se deterioren y derrumben por falta de cuidados. Desde las sedes de las asociaciones vecinales y de los organismos y movimientos populares, sociales, culturales, asistenciales, etc., logradas y mantenidas gracias al voluntariado militante, hasta las infraestructuras públicas en educación, sanidad, etc., logradas mayormente con movilizaciones o presión electoral, pasando por las medidas de seguridad peatonal en carreteras y autopistas, y sin entrar al problema medioambiental, es decir, en todas las manifestaciones de la explotación, el espacio urbano obrero refleja en mayor o menor grado esas luchas, y es por ello mismo objeto de presión y/o agresión del capitalismo.
La presión se realiza de muchas formas, desde dejar que la zona se degrade y deteriore al no mantener las inversiones necesarias frenando el asentamiento de nuevos habitantes hasta acelerar su despoblación con provocaciones. Una de ellas, muy frecuente, es facilitar la impunidad de los traficantes de drogas duras e ilegales, facilitar formas de economía criminal, facilitar la explotación sexual con la prostitución barata, facilitar la permanencia de bandas criminales... Si estas presiones y provocaciones en las que directa o indirectamente intervienen los poderes políticos municipales no surten el efecto previsto en el plazo necesario, entonces se pasa a las agresiones directas que empiezan atacando a la capacidad de autoorganización y autodefensa de los habitantes, cerrando sus locales y asociaciones, prohibiendo las manifestaciones, lanzando campañas de manipulación mediática, sacando a subasta terrenos, edificios e instalaciones sociales, o cerrándolas con cualquier excusa, y acabando en las expropiaciones, desahucios y derribos protegidos por las fuerzas represivas.
Son las necesidades de la expansión capitalista las que imponen estas presiones y agresiones. El espacio urbano obrero y popular, que va siendo trasladado periódicamente a las afueras conforme el centro necesita expandirse, aumentar sus jardines y parques, mejoras sus accesos a las autopistas y aeropuertos, se constituye siempre como un espacio inestable e inseguro porque sus habitantes no saben cuántos de ellos, o todos, habrán de cambiarse de zona por la expansión del centro. La masa trabajadora, por ejemplo, vive como los campesinos ante las invasiones bárbaras, que debe desplazarse según llegan nuevas oleadas invasoras que ocupan su espacio. Es cierto que también la semiperiferia sufre la presión expansiva del centro, y que ella misma, la semiperiferia, frecuentemente hace de avanzadilla de ataque al barrio obrero al tener que buscarse su nuevo espacio, pero no es menos cierto que esta fracción relativamente cualificada de la fuerza de trabajo social tiene más recursos propios y valores en el poder que sus hermanos de clase más empobrecidos. Desde luego que todos estos movimientos no son permanentes, sino que se producen por oleadas y con ritmos y velocidades que responden a las necesidades de la acumulación capitalista en cada zona concreta. Pero la creciente interconexión de las economías locales y regionales con las exteriores multiplica esas tendencias en muchos sitios aunque en otros los lleva al declive y atraso de toda el área o región.
También en estos casos es el urbanismo popular y obrero el que peor parado sale, y en su interior, los más empobrecidos, las personas mayores, las ancianas y viudas, las madres divorciadas o separadas, el precariado en general. Ocurre que el centro burgués, acuciado por la caída de su tasa de beneficio, empieza a endurecer la explotación de los extrarradios, a disminuir los gastos sociales, a aumentar los impuestos indirectos y las tasas al consumo social, en suma, a cargar sobre la mayoría la transferencia de valor de la periferia al centro, y en menor medida de la semiperiferia al centro. El centro multiplica su poder de expolio de las masas para, con lo obtenido, invertir en instalaciones de nuevas tecnologías, de nuevos servicios y reclamos que atraigan básicamente al centro inversiones exteriores, turistas, reuniones y convenciones internacionales a sus hoteles y museos, a sus actos culturales cosmopolitas que no reflejan en absoluto la cultura del país, etc. Los suburbios populares son abandonados al desastre porque el poder necesita monopolizar las debilitadas arcas municipales para mantener su prestigio atractor y su imagen de centro turístico, comercial, financiero y hasta industrial en la acrecentada competencia económica. Esta vampirización centrípeta es consustancial y genético-estructural al modo de producción capitalista y uno de los factores fundamentales para entender la evolución del espacio urbano.
7.- La vivienda es un efecto y momento del proceso anterior, uno de los últimos eslabones de la cadena de explotación de la fuerza de trabajo social y de apropiación privada --burguesa-- del excedente social y colectivamente producido. Pero, por serlo, asume todos los contenidos espaciales necesarios para la máxima optimización en su interior de las disciplinas de explotación que en el exterior facilitan la tasa media de beneficio capitalista. Esta adaptación funcional de la vivienda a la explotación exterior es la que explica las irrompibles relaciones entre vivienda y sistema patriarco-burgués con sus diferentes familias. Nos movemos aquí en el plano más abstracto y a la vez concreto del problema de la vivienda porque no distinguimos sus formas particulares sino su contenido esencial. Independientemente de la jerarquía clasista y de la planificación espacial de las viviendas, cualquiera de ellas tienen unas constantes básicas determinadas por el papel objetivo de la vivienda en la maximización del beneficio. Las excepciones que se salen de esta constante son las viviendas ricas antiguas, de la primera industrialización o antes incluso, cuando las necesidades de la reproducción de la fuerza de trabajo social, y por tanto inevitablemente de la familia patriarco-burguesa, eran bien diferentes.
La primera característica de la vivienda, en este nivel esencial, es precisamente su aportación decisiva para la reproducción de la fuerza de trabajo, y a través de esta, la maximización del beneficio. Una vivienda particular que no cumpla esos requisitos es y será origen de serios problemas en la vida cotidiana de la familia que la ocupa, fundamentalmente por los problemas y dificultades que frenan la aceleración de la temporalidad burguesa inherente a la familia patriarco-burguesa. Pero un montón de viviendas que incumplan esos requisitos arruinarán a su constructor ya que necesitarán tantas reformas internas que sus precios caerán en picado. Y es que en la vivienda como en toda la existencia capitalista rigen determinadas leyes cuya transgresión impone consecuencias que hay que arrostrar. En este caso, es la síntesis de espacio-tiempo-energía dentro de la vivienda la que exige un espacio que acorte o al menos facilite la temporalidad burguesa y el consumo medio de energía y recursos. Toda vivienda que por una razón u otra dificulte o retrase la cualificación media de la fuerza de trabajo que en su interior se realiza, es que ha sido mal planificada. Esto no quiere decir que no haya viviendas que premeditadamente se diseñen de otra forma, para otros criterios de vida, eso es cierto; pero aún así esa vivienda deberá cumplir unos mínimos que faciliten la ley del mínimo esfuerzo, si se trata de formas de vida no mercantilizada y sólo dedicada a la producción y administración de valores de uso, o la ley de la productividad del trabajo si esa vivienda está diseñada para la producción mercantil simple.
La segunda característica de la vivienda es que debe reflejar el sistema patriarco-burgués en su interior, sistema imprescindible para la cualificación de la fuerza de trabajo social. Este orden se plasma no tanto en la especialización de zonas exclusivas para las mujeres, como en el sistema patriarco-islamista, sino en la especialización de género de la cocina y de la vivienda entera para el trabajo doméstico realizado por la mujer, vital tanto para la recomposición de la fuerza de trabajo como para su cualificación o formación. No podemos creer que la cocina --que es un espacio completo ideado para una tarea global-- es de género neutro y asexuado, sino que es un espacio material y simbólico de opresión de género. De igual modo, el resto de la vivienda está diseñado para minimizar la importancia de la mujer, excepto en "sus tareas", y para aumentar la importancia del hombre, aunque no esté presente, Hay que tener en cuenta que, primero, la vivienda es parte de un edificio que a su vez está en un barrio o urbanización; segundo, que ese barrio refleja la dominación patriarco-burguesa general y que por tanto la vivienda particular no puede abstraerse de ella, como se comprueba, por ejemplo, con el uso y mantenimiento del automóvil; tercero, que el diseño de la vivienda está en función primaria del hombre como se comprueba con la importancia del complejo formado por el televisor, el sillón del marido-padre y su control del mando a distancia, y cuarto, que aunque la función secundaria corresponde a la esposa-madre, también la vivienda está en función de la primacía del hijo-hermano sobre la hija-hermana, reflejando y reproduciendo la misma primacía existente en la calle.
La tercera característica de la vivienda es que debe facilitar la "educación" de los hijos como fuerza de trabajo con la cualificación media imprescindible. En los modos de producción precapitalistas no era necesario que la vivienda tuviera zonas especiales o más aptas para el estudio de los hijos, excepto en algunas clases dominantes y no siempre. Sólo con el nacimiento del capitalismo y de la primera familia burguesa surge lentamente esta necesidad que va creciendo según el componente intelectual y cultural de la fuerza de trabajo va superando a componente físico. En la actualidad es ya impensable una vivienda que no haya dispuesto de algún espacio para facilitar los estudios de los hijos, y esta tendencia se agudiza conforme las nuevas telecomunicaciones, y en general las nuevas tecnologías, multiplican la importancia de la cualificación media. Cada vez más, las viviendas se diseñan pensando el lugar de instalación del ordenador y de otros sistemas de telecomunicaciones, teniendo en cuenta quienes van a utilizarlo, o incluso si puede necesitarse uno o más ordenadores. Recordemos, que las viviendas comunes antiguas no estaban pensadas para el teléfono ni para la radio y ésta tenía que poner en la cocina, mientras las ricas disponían del salón donde frecuentemente estaba el piano o el gramófono. También hubo problemas para la instalación del televisor, que ahora ocupa una sola habitación. Y en la inmensa mayoría de las viviendas hay muchos problemas para ubicar una buena biblioteca en calidad y en cantidad.
La cuarta y última característica es que la vivienda actual tiene que estar en función del consumismo de lujo, medio o de baja calidad. Cada modo de producción tiene sus cánones y formas de ostentación, y cada clase social tiene unas pautas de ostentación que subjetivamente son superiores a la capacidad objetiva media de consumo de esa clase de forma que, por lo general, sus individuos están dispuestos a determinados ahorros y sacrificios en otros gastos con tal de aparentar una capacidad de ostentación consumista. La vivienda no escapa a la exigencia del consumo pues ella es uno de los espacios por excelencia para mostrar ese poder de gasto. La compulsión consumista y la necesidad de aparentar haber "triunfado en la vida", además de otros factores, llevan a muchas personas a endeudarse en la compra y llenado de un "buen piso", estableciéndose así, socialmente, una dependencia o peor, esclavización, de la propia vida por las hipotecas y gastos necesarios para el mantenimiento de la vivienda. Pero es más que eso, ya que la ubicación de la vivencia en el espacio urbano presiona en la inmensa mayoría de los casos a mantener un nivel de consumo acorde con el consumo medio de esa zona, para demostrar que se pertenece a esa clase, si es burguesa, medio o pequeño burguesa, o mostrar que siendo clase asalariada se cobra un "buen sueldo". Además, la vivienda ha de disponer de espacios en los que sus moradores enseñen a las visitas su propia e individual ostentación consumista, desde el cajón de los juguetes de los hijos pequeños hasta el espacio para algún mueble de lujo, cuadros, joyas u orfebrería cara, pasando por las habitaciones de los hijos medios o mayores, los armarios de ropa, etc.
Desde luego que la realidad es bastante más compleja que el resumen aquí presentado y que muchas viviendas, sobre todo las de la clase burguesa, superan estas y otras características, pero hemos intentado sintetizar las esenciales, las que de una forma u otra aparecen en el modelo básico de vivienda funcional al capitalismo. También es cierto que determinadas transformaciones sociales actuales como entre otras, la crisis del sistema familiar patriarco-burgués, con la proliferación de los divorcios y separaciones matrimoniales; la creciente movilidad espacial de algunas fracciones de trabajadores cualificados; el aumento del tiempo de transporte de la de la vivienda al trabajo, al estudio, a la diversión y ocio, a los servicios asistenciales o a los hipermercados y grandes centros de consumismo de baja calidad, etc., estos y otros cambios están obligando a su vez a nuevos diseños de viviendas más adaptadas, más pequeñas y mejor diseñadas para cumplir con los nuevos requisitos. Todo esto es cierto, pero también es cierto, y es lo decisivo, que estos cambios precisamente se están dando por el impulso de la acumulación capitalista lo que imposibilita que, sin luchas enconadas en su contra, surjan artificial y casualmente otras formas de vivienda libres de esas imposiciones estructurales.
EUSKAL HERRIA 2001-3-21
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